Investigaciones sobre los sentimientos de las plantas

Cleve Backster era un agente especializado en interrogatorios. Estaba acostumbrado a todo tipo de prácticas y tenía muchísima práctica en el uso del detector de mentiras. Aquel día no había trabajado y un tanto aburrido, decidió conectar una rama a los electrodos de la máquina. Era un simple juego, pero iba a descubrir algo insólito, porque cuando la planta recibía agua, el detector de mentiras emitía una señal cuyas características se interpretan durante los interrogatorios como un indicativo de bienestar o satisfacción.

Tras aquella primera “reacción” decidió seguir curioseando y quemó la planta. En ese instante, el polígrafo emitió otra señal, diferente pero muy poderosa. Se trataba de un indicativo que en humanos equivalía al dolor. De forma accidental, Backster acababa de efectuar un descubrimiento singular.

Lo que aquellos primeros indicios le señalaban es que las plantas son capaces de experimentar sensaciones. Y no sólo eso, sino que esas sensaciones podían medirse y cuantificarse del mismo modo que en los humanos. A partir de ese momento, el investigador comenzó a efectuar experimentos cuyos resultados fueron apasionantes.

En primer lugar, repitió la experiencia en diversas situaciones. Desde los primeros ensayos comprobó que, efectivamente aquellas reacciones en las plantas conectadas a los electrodos se repetían. Los experimentos que realizó fueron cada vez más complejos. Uno de ellos intentaba discernir si las plantas eran capaces de manifestar memoria. Para el ensayo se sirvió de la colaboración de seis estudiantes. Uno de ellos tenía que matar una planta en presencia de otra que sobrevivía, pero lo tenía que hacer cuando no hubiera nadie más dentro de esa sala. Así, ninguno de los otros experimentadores – ni siquiera el propio Backster – sabría quién era el asesino.

Lo que tenían que hacer a continuación era entrar de uno en uno en la sala en donde se había efectuado el experimento. Se trataba de algo similar a una rueda de identificación. Para ello, se conectó la planta superviviente – que había presenciado el crimen – a la máquina de la verdad. Debía saber, por tanto, cuál de los seis sujetos lo había llevado a cabo.

Por supuesto, ésa era la hipótesis a comprobar. Sin embargo, se pudo demostrar. Y es que cuando el culpable entró en la sala, la máquina comenzó a mostrar una serie de trazos enloquecidos. En cierto modo, había logrado identificar al criminal.

Backster hizo también otro tipo de pruebas. Dedujo que cuando a una planta se le cortaba una parte, ésta mostraba señales de dolor. Sin embargo, las reacciones posteriores eran idénticas. Aquello le sirvió para teorizar que la percepción en los vegetales se producía a nivel celular. Del mismo modo, quiso estudiar cómo reaccionaban las plantas al ataque de crustáceos. Le sorprendieron los resultados: al principio, el polígrafo mostraba líneas asociadas al dolor, pero cuando los ataques se hacían repetidos, esas líneas desaparecían y los ataques no provocaban sensaciones en las plantas. Es como si éstas s e acostumbraran al daño o como si los vegetales establecieran unos mecanismos de defensa.

Un investigador ruso quiso contrastar los estudios iniciales de Backster. Se trataba del psicólogo Benjamin Puskin, pero en su caso no quiso llevar a cabo los estudios con la máquina de la verdad. Y es que si las tesis del investigador norteamericano estaban en lo cierto, resultados muy similares se producirían si a las plantas se les aplicaba un aparato para medir la actividad cerebral. Huelga decir que el resultado fue idéntico: ¡las plantas parecían tener sensaciones!

Ambos investigadores concluyeron en sus expedientes que los estudios demostraban que existía comunicación celular en las plantas, que se producía por mecanismos desconocidos, pero que su realidad era innegable.

 

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