El otro Judas

Historia, Personajes de la historia

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Una interpretación muy personal

Siempre he tenido una interpretación particular del papel de Judas en el desenlace de la muerte de Jesús. Creo que a través de la historia y de acuerdo al interés que ha tenido la Iglesia Católica en los distintos momentos históricos, se le ha adjudicado el papel de traidor que, según mi modesta opinión, no tuvo.

Mi razonamiento es el siguiente: Jesús era un hombre público, su actividad recorriendo y predicando a lo largo del territorio cercano al Jordán era más que notorio.

No buscaba la noche para andar ni se ocultaba para hablar. Es más, los Evangelios relatan más de un discurso en las sinagogas, y particularmente los días previos a su muerte, luego de la entrada triunfal en Jerusalén, su popularidad aumenta y lo transforma en personaje conocido por todos. Su presencia en el mismo Templo, cercana a los sacerdotes judíos, era habitual y expuesta. Por consiguiente no hacía falta que hubiera alguien que lo identificara, ya que todos lo conocían. Nadie podría confundirlo, ya que siempre era el orador y se mostraba en forma pública. Tampoco era difícil ubicarlo en la noche, ya que las distancias dentro y fuera del muro de la ciudad no eran enormes, si bien en esa época cercana a la Pascua judía, la cantidad de peregrinos era multitudinaria, no debería ser difícil, si hubieran querido, atraparlo y apresarlo, lejos de la mirada de sus seguidores. Por lo expuesto, si el Sanedrín lo hubiese querido detener, no necesitaba de alguien que lo señalara, no tenían que recurrir a un traidor que lo entregara.

Judas era el administrador de los bienes del grupo, si hubiese querido robar, lo hubiera podido hacer en forma solapada, no creo que su interés fuera vender a su líder y maestro por unas monedas, como nos han contado desde siempre; Judas pertenecía a una secta nacionalista muy numerosa que se oponía a la ocupación romana, este grupo recibía el nombre de “celotes” y eran lo que hoy podríamos decir “terroristas”, ya que hacían uso de la fuerza para combatir al enemigo que sojuzgaba al pueblo judío.

Si bien el Imperio romano dominaba políticamente los territorios, era tolerante con las distintas religiones de las pueblos ocupados, permitiendo que sacerdotes y ministros ejercieran cierta actividad relacionada exclusivamente a las cuestiones religiosas, por ese motivo, el Sanedrín judío podía actuar como tribunal religioso. Este tribunal mantenía sus privilegios y poco y nada tenía que ver con las necesidades de la gente de pueblo, cosa que sí hacía Jesús, que recorriendo todo el territorio de las distintas provincias estaba permanentemente en contacto con la gente; de ahí su popularidad.

La secta de los celotes pretendía organizar un movimiento para emanciparse de los romanos, para hacerlo el pueblo necesitaría un líder que los dirigiera, alguien que les hablara de libertad, de un nuevo reino, Jesús encajaba en ese papel, ya que al hablar del Reino de Dios, se podía llegar a interpretar como el Reino del pueblo de Dios, o sea el Reino de los Judíos, un reino totalmente terrenal independiente del yugo romano. Quizás Judas, escuchando las palabras de su maestro en la forma que quería oírlas, interpretó que el mensaje de Jesús era de liberación terrena y no espiritual. Quizás pensó que si convencía a la jerarquía de los sacerdotes judíos de que Jesús podía dirigir el movimiento independentista, éstos lo seguirían, obviando el hecho que tanto el sumo sacerdote como los del Sanedrín estaban en ese momento cómodos con su estatus y se ubicaban más cerca de Roma que de Dios en esos momentos. La intención de Jesús distaba mucho de lo que Judas esperaba; tal vez pensó que podía forzar una reunión entre su maestro y los sacerdotes, a pesar que sabía que Jesús se negaba a ello.

Tal vez, aprovechando esta propuesta, los representantes del Sanedrín, que sí querían acabar con Jesús que se presentaba como un real peligro para la autoridad religiosa que ellos ostentaban, aprovecharon esa pretendida reunión no para escuchar lo que tuviera que decir, sino para apresarlo, como en verdad sucedió.

Creo que Judas no fue traidor, fue más bien un iluso al que engañaron y usaron para resguardar la posición de jerarquía y privilegio que tenían los poderosos de Jerusalén. Las treinta monedas de plata que quizás si fueron dadas en forma insultante por el servicio que les acababa de brindar fueron lo que seguramente abrieron los ojos de Judas, que al ver que su plan de conciliación había sido utilizado para atrapar a su líder y maestro, entra en tal desesperación que se suicida, no por arrepentimiento de una traición, sino más bien por la impotencia ante el fin seguro de Jesús, que había sido apresado por su ingenuidad y tozudez.

A lo largo de los siglos, cuando la Iglesia se fue formando, la figura de Judas se constituyó como la del traidor avaro que vende a su maestro por un puñado de monedas, personaje éste que sirvió para representar en forma genérica a “los judíos” como seres mezquinos y despreciables, causantes de la muerte de Cristo.

Esta interpretación, tan forzada y falaz no contempla el hecho que no sólo Jesús era judío, sino que todos los apóstoles también lo eran, y lo eran también los primeros cristianos.

Distintos movimientos racistas antisemitas se han ido generando a partir del rol de traidor que se le endilgó a Judas, pretexto con el cual se justificaron persecuciones, matanzas, segregaciones y holocaustos.

 

Artículo escrito por Neogeminis.  www.neogeminis.blogspot.com

(Gracias Neo por prestármelo)

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