Relatos de miedo. Negocios de familia, por Marisol.

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Negocios de familia

Tendría 8 años cuando me enteré que había muerto una vecina de mis padres, corriendo dejé de jugar y me fui detrás de la carroza mortuoria, todavía iba arrastrada por caballos, para mí era una fiesta, me colocaba a primera fila, junto el cadáver, me quedaba como hipnotizada, la verdad es que no había más niños a mi alrededor, la gente ya me conocía, era un pueblo pequeño casi todos estábamos emparentados, con el tiempo supe que mi vida siempre estaría relacionada con muertos.
Pasaron los años y terminé los estudios básicos, entonces era normal que a los 14 años te pusieras a trabajar y por la noche estudiaras, mis amigas trabajaban cuidando niños, dependientas etc., yo me fui a ayudar a una floristería, que su especialidad eran las coronas mortuorias, estaba en mi salsa, nadie de mi familia entendía que a mí me gustara ese ambiente, yo creo que se lleva en la sangre, si no que otra explicación hay, yo siempre he encontrado la muerte y todo lo que la rodea fascinante.
Ya tenía 21 años, ya podía hacer lo que quisiera, no hay que olvidar que en mi época, la mayoría de edad era a los 21, para mí fue una liberación, me independicé y entré a trabajar en una funeraria, ese día fue uno de los mejores de mi vida, con todo el respeto que hay que tener, somos lo que somos y la gente cuando fallecemos con todo su dolor lo que quieren es que todo se acabe pronto, y nosotros estamos para facilitar la tarea y además te tiene que gustar tu trabajo, así puedes llevar el día a día con normalidad.
Mí jefe era bastante tacaño a pesar de ser uno de los más ricos del pueblo, era la única funeraria que había en los alrededores, abarcaba a 9 pueblos y era una de las primeras que tenían horno crematorio. La gente poco a poco se iba acostumbrando a la incineración.

Un día el horno dejó de funcionar era invierno y teníamos varios cadáveres esperando, eran ancianos, en invierno las gripes pueden con ellos. Pasaron varios días y el horno no se arreglaba, le pregunté a mi jefe que se nos iba amontonando la faena, entre nosotros el lenguaje es familiar a veces incluso se nos olvida realmente el trabajo que hacemos.
Normalmente la gente después de la despedida nos dejaba a sus muertos para incinerar, y pocos eran los que se quedaban a ver el proceso, tuvimos suerte que en esos momentos nadie se quedó y pudimos dejarlos en las cámaras frigoríficas, la cosa se iba complicando por momentos no quedaban cámaras libres y no había dinero para un horno nuevo, mi jefe había contraído unas deudas muy importantes por unos malos hábitos y lo tenía todo hipotecado.
Nada más quedaba una solución enterrarlos en el recinto de la funeraria y plantar rosales y jazmines que eran unas flores que aguantaban mucho el clima del pueblo. Así lo hicimos enterremos diez cadáveres, pero el problema seguía existiendo había que pensar otra cosa. Al cabo de unos meses vimos que las flores habían crecido mucho y eran las mejores de todo el pueblo, ya teníamos la solución, mí jefe tenía una máquina especial para triturar maderas y ramas secas, íbamos a tener mucho trabajo por delante, teníamos que desenterrar todos los cadáveres y triturarlos para conseguir el tan preciado abono, luego envasarlo y ponerlo a la venta.
Como todo nos iba muy bien, tuvimos que colocar a nuestra familia a trabajar con nosotros, ya teníamos dos empresas, la funeraria y la fábrica de abono para plantas y cultivos. De esto ya han pasado 20 años, somos la empresa familiar más productiva de toda la comarca, en estos momentos trabajamos 30 personas entre padres, hijos y nietos mi jefe ya no lo es, ahora somos propietarios por igual, somos como un matrimonio, pero a nosotros la muerte nos ha unido para siempre.

 

Relato cedido a Tejiendo el Mundo por Marisol. (Derechos reservados por la autora). http://coleguitasclub.spaces.live.com/

 

 

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